Hablar de salud mental en medio de un concierto de rock parecía, hace algunos años, una idea poco común. Sin embargo, de esa intuición nació uno de los proyectos más particulares y esperanzadores de Medellín: la Escuela Nacional del Grito, una corporación que utiliza el arte como herramienta para promover la salud mental y prevenir el suicidio entre jóvenes y adultos jóvenes. Recientemente, fueron nominados a los Music Cities Awards 2026 por su propuesta que utiliza el poder transformador de la música para mejorar sus comunidades.
Kathy Chavarriaga
La Escuela Nacional del Grito es una organización con talleres, charlas, festivales, intervenciones artísticas y procesos educativos que comenzó en 2019 como Rock x la Vida. Inspirados por un festival mexicano que utilizaba la música como herramienta para promover la salud mental y la prevención del suicidio, sus fundadores decidieron replicar la experiencia en Medellín. El resultado fue un festival que reunió a bandas como La Doble A, La SinfoniSka, Providencia y Vaquero Negro (México), y que marcó el inicio de una conversación que con el tiempo crecería hasta convertirse en la Escuela Nacional del Grito.
La llegada de la pandemia aceleró esa búsqueda. Lo que inicialmente era un festival se transformó en una organización que hoy desarrolla metodologías propias para acercar herramientas emocionales a través de experiencias creativas.

“La Escuela Nacional del Grito es una organización para la promoción de la salud mental y la prevención del suicidio de los jóvenes a partir de las herramientas del arte“, explica Gustavo Álvarez, director de la corporación.
A partir de esa idea nació Arte + Emoción, una metodología que utiliza distintas expresiones artísticas para abordar temas como el duelo, la nostalgia, la alegría, la tristeza o el autocuidado. Más que ofrecer respuestas definitivas, la propuesta busca generar espacios donde las personas puedan hacerse preguntas, compartir experiencias y descubrir nuevas maneras de relacionarse con lo que sienten.
“Los queremos vivos para cantarlo”. La frase se ha convertido en una de las consignas más reconocibles de la Escuela Nacional del Grito. Nació durante la primera edición de Rock x la Vida y resume buena parte de la filosofía del proyecto.
Detrás de esas palabras hay una invitación sencilla pero poderosa: encontrarse con otros, pedir ayuda cuando sea necesario y reconocer que la vida también se sostiene en comunidad.
“La invitación de nosotros es a celebrar la vida y aprender a pilotear la vida con lo que viene“, señala Tatiana López, directora social y administrativa de la organización.
Esa visión parte de una comprensión amplia de la salud mental. Para la Escuela Nacional del Grito, el bienestar no depende únicamente de procesos individuales, sino también de los vínculos que construimos, de los espacios que habitamos y de las experiencias compartidas que nos conectan con otras personas.
Por eso, el concepto del “grito” ocupa un lugar central dentro de la organización. No se trata únicamente de alzar la voz, sino de expresar aquello que muchas veces permanece guardado. Hablar de lo que duele, pedir ayuda, celebrar, acompañar o simplemente reconocer las propias emociones también son formas de gritar.
‘Tavo’ lo describe como “una especie de acto de desobediencia emocional“, especialmente en contextos donde expresar sentimientos sigue siendo visto como una muestra de debilidad o donde las conversaciones sobre salud mental suelen aparecer únicamente cuando ya existe una crisis.

Esa necesidad de encontrar otros caminos para hablar sobre el bienestar emocional explica también por qué la organización decidió trabajar desde el arte.
Según sus fundadores, muchos jóvenes desconfían de las instituciones y encuentran barreras para acercarse a discursos tradicionales sobre salud mental. En cambio, un concierto, un taller de collage o una actividad artística pueden convertirse en espacios más cercanos para iniciar esas conversaciones.
Además, el arte ofrece algo que a veces resulta difícil encontrar en otros lenguajes: la posibilidad de expresar aquello que todavía no sabemos poner en palabras.
Esa filosofía se materializa en experiencias como los talleres Arte + Emoción, donde una herramienta artística sirve como punto de partida para reflexionar sobre diferentes emociones. También aparece en actividades como los “Pósters Gritones”, que invitan a representar visualmente el estado emocional de cada participante, o el “Desahogadero”, un espacio colectivo donde las personas pueden escribir aquello que necesitan sacar de adentro y descubrir que no son las únicas atravesando determinadas situaciones.
Aunque la organización evita medir su impacto únicamente a través de cifras, sí ha encontrado señales que confirman la relevancia de su trabajo. Algunos artistas que han participado en sus actividades les han contado que, después de acercarse a estos espacios, decidieron buscar ayuda profesional, iniciar procesos terapéuticos o atender situaciones emocionales que llevaban tiempo posponiendo.
Sin embargo, para Tatiana López, el objetivo nunca ha sido cambiarles la vida a las personas de manera inmediata.
“La tarea de la escuela es ser un lugar seguro en el cual se pueda preguntar cosas, pedir ayuda y ganarse herramientas para pilotear los días“.
Ese trabajo constante recibió recientemente un reconocimiento internacional con la nominación a los Music Cities Awards en la categoría Impacto Comunitario, un premio que destaca iniciativas que utilizan la música para generar transformaciones sociales.
La noticia llegó en medio de las dificultades cotidianas que enfrentan muchos proyectos culturales y sociales: conseguir recursos, garantizar la sostenibilidad económica y mantener equipos de trabajo en condiciones dignas.
Para López, la nominación representó mucho más que una posibilidad de ganar un premio. “Fue como que alguien nos dijera: lo que están haciendo importa, es significativo. Yo ya me siento ganadora”.

Actualmente, la Escuela Nacional del Grito desarrolla procesos con universidades, instituciones educativas y organizaciones sociales, mientras continúa participando en festivales y espacios culturales. También trabaja en nuevos materiales pedagógicos y en herramientas dirigidas a docentes, quienes cada vez tienen un papel más importante en la educación emocional de niños y jóvenes.
En medio de todos esos proyectos, la organización mantiene intacta la idea que la vio nacer: crear espacios donde las personas puedan encontrarse consigo mismas y con otros para hablar de aquello que sienten.
Antes de terminar la conversación, sus fundadores comparten un mensaje que resume buena parte de la filosofía de la escuela.
“El acto de amor más grande que puedes hacer por tus seres queridos es cuidar de ti mismo“, dice Tatiana López.
Y Gustavo Álvarez complementa la reflexión con una invitación sencilla, pero necesaria: “No están solos. No tienen que cargar con todo sin ayuda. Hay personas, herramientas y espacios dispuestos a acompañar esos procesos“.